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ALMOGÍA: CUNA DE VERDIALES
Martes 23 de noviembre de 2010

Textos de Israel Olivera

Mi Almogía la bonita
entre olivos y almendrales
malagueñas y exquisitas
cuna de los verdiales.

Las calles de mi Almogía
ya relucen como el sol
tienen blanco resplandor
están llenas de alegría
la llevo en mi corazón.

Las tierras de Almogía

Paraje verde henchido de almendros el que precede nuestra llegada. Meseta de ondulaciones suaves, la senda serpentea como una sierpe alquitranada. Tras cada curva aparece una nueva.

Salpican nuestro camino antiguas haciendas olvidadas, nuevos cortijos restaurados que lucen como modernos palacetes. Nos cruzamos con pequeños grupetos de ciclistas.

Circulan despacio por la carretera, con las huellas del cansancio marcadas en la cara, dientes apretados, la sonrisa sólo se dibuja en el corazón de los más valientes.

Requiere Almogía llegar hasta ella. Pese a que en el pasado formó parte del camino real que comunicaba Madrid con Málaga (incluso en la antigüedad lo traspasó una calzada romana), y se convirtió en última parada para los viajeros antes de llegar a la capital, las nuevas vías de comunicación la han transformado en un idílico reducto serrano, relativamente próximo a la costa, lo que ha propiciado un crecimiento inusual en forma de nuevas urbanizaciones, pero capaz de mantener, sin desvaírse, toda su esencia de pueblo blanco andaluz.

Su situación geoestratégica, lo colocaba en una posición ideal para controlar el tráfico de gentes y mercancías. Almogía, desde la comarca antequerana es el último emplazamiento situado en la falsa llanura de una meseta, desde el municipio comienzan las curvas pronunciadas, los barrancos insólitos, el laberinto de carreteras.

No en vano, Almogía forma parte del corazón de los Montes de Málaga.

Hasta la ermita del Sagrado Corazón de Jesús

Parece el municipio a punto de derrumbarse hacia sus valles, desprenderse desde la Torre de la Vela hacia abajo, como una cascada blanca de casas apretadas. Estacionamos en la parte más alta del pueblo, conscientes de que todo lo que bajemos habrá que subirlo más tarde, pero consideramos poco prudente para los desconocedores adentrarse en el dédalo de calles y callejas que supone el trazado urbano morisco.

La mejor manera y forma de conocer a fondo estos municipios de arraigo antiguo y centro urbano retorcido sobre sí mismo es caminar, pasear, perderse, observar de tú a tú a sus gentes, aspirar sus aromas insólitos en las grandes ciudades. De este modo, descendemos por la calle Carril siguiendo las indicaciones de los paneles explicativos hacia el centro urbano y la Torre de la Vela.

Compramos la preceptiva postal en un estanco (un tanto antigua, pero con solera) con intención de escribirla en el tiempo de la comida.

Divisamos tras la primera curva del casco urbano los restos del Castillo de Almogía, que llegó a tener siete torres y que ahora sólo mantiene en pie una de ellas, la Torre de la Vela, que se sitúa sobre un promontorio natural.

Continuamos por la calle Carril, observamos entre una peña futbolística y el consistorio morisco una casa que parece hacer las veces de pequeño museo etnográfico particular. Nos asomamos.

Antiguos aperos de labranza, menaje de los años veinte, la reconstrucción de una casa de antaño.

Continuamos nuestro descenso hasta llegar a la plaza de la Ermita. Un remanso horizontal donde cinco bancos de hierro invitan, bajo la sombra de tres naranjos, al reposo. Nos dejamos vencer por esta sencilla tentación.

Frente a nosotros se encuentra la ermita del Sagrado Corazón de Jesús. La ermita, construida en el siglo XVIII, formaba parte del desaparecido convento del mismo nombre y hoy aún aparece encajada en la esquina que forman dos casas, casi mimetizadas sus paredes blancas con las de las construcciones adyacentes.

En el interior del pequeño templo se encuentran las imágenes de los dos patronos de la localidad, San Roque y San Sebastián. Se encuentra en este remanso del camino una sensación muy placentera. La temperatura tibia pero no cálida, la delicada sombra de los naranjos y su perfume, el tráfago de la vida cotidiana. Nos tomamos nuestro tiempo antes de levantarnos para continuar nuestro viaje.

Hasta la capilla del Santo Cristo

Desprenden las calles de Almogía aromas de comida contundente, de alimento recio y serrano. La chanfaina (chivo con aliño de almendras), las sopas de puchero, el salmorejo y el gazpachuelo, el plato de los montes (un contundente combinado de huevos fritos, chorizos, etc.) son algunas de sus ofertas culinarias. Las calles se recortan, las indicaciones nos van llevando por la calle San Sebastián hacia abajo.

Pronto vemos la torre campanario de la iglesia que sobresale entre los tejados, tras una curva más del trazado. Llegamos hasta su puerta que encontramos abierta. Es un templo poderoso, majestuoso.

La torre alcanza una altura considerable. El interior de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción nos sorprende por tener una serie de capillas laterales historiadísimas y de compleja arquitectura, así como por el color azul que se desprende de sus vidrieras y que inunda el altar mayor.

El artesonado de madera es impresionante, con unos tirantes y puentes de sujeción labrados hasta lo mínimo. El templo se erigió en el siglo XVI, pero fue ampliamente restaurado en el siglo XIX.

El origen de esta amplia restauración fue el terremoto que padeció Málaga a finales del XIX y que afecto a toda la provincia, especialmente la Axarquía como ya hemos relatado en este blog de viajes.

Salimos de la iglesia.

En la parte baja del municipio nos encontramos con algunas casas más señoriales, que destilan cierto relumbrón. Llegamos hasta la plaza de la Constitución, de la que parte la calle Sevilla que nos sorprende con dos elementos insólitos.

Un gran arco que precede a unas estrechas escaleras en ascensión y en la pared derecha, un gran mural en tonos sepias con texto e imágenes antiguas en las que se explica y pone en relieve la historia del municipio.

En la plaza en sí, una fuente de cinco caños refresca con su murmullo a las mesas que lo circundan. Varios moriscos y varios visitantes toman, sentados en ellas, un refrigerio de media mañana.

En la base de la fuente se puede leer la siguiente frase firmada por Vicente Andrada Fernández “Almogía la olvidada y la siempre querida y añorada”.

Desde la plaza parte también la calle Cristo, donde se encuentra, apenas a veinte metros la pequeña capilla del mismo nombre.

Construida en el siglo XVII y obligatoriamente restaurada en el siglo XIX es un templo muy reducido, con una sencilla imagen en su interior. Antes de llegar a la capilla hemos encontrado varias casas con grandes portadas en zaguán que hunden el hogar en la fresca sombra de su intimidad. Muchas de las puertas de Almogía permanecen abiertas para permitir la entrada del aire tibio de la calle.

Sin afán de cotilleo, entrevemos algunas escenas cotidianas. Una mujer que remueve un puchero, un niño jugando sobre una alfombra, un hombre mayor tallando un bastón en un patio.

Algunos de ellos nos saludan afables.

La Torre de la Vela

Regresamos sobre nuestros pasos hasta la entrada de la iglesia. Desde la calle lateral derecha, la calle Viento, una indicación nos dirige hacia la Torre de la Vela.

Juegan los niños en las calles tranquilas y peatonales, calles que ascienden y descienden, cantan canciones infantiles y trabamos conversación con ellos.

Dos, niño y niña, son rubísimos y de ojos azul celeste. Nos hablan en inglés y en castellano a la par. La relativa proximidad de Almogía a la capital de la provincia ha hecho que posee una considerable población residente extranjera.

Más tarde, cuando nos dispongamos a comer, lo haremos junto a un buen puñado de hombres y mujeres ingleses que saludan a sus vecinos moriscos con cordialidad.

Surgen de los patios y de las puertas abiertas aromas a puchero antiguo.

La ascensión hacia la Torre de la Vela no resulta especialmente dura, transcurre por una serie de calles que, de pronto, se transforman en mirador. Surge casi de pronto, un murete bajo de color blanquísimo que contrasta con el paisaje que se contempla al fondo.

Verde y abrupto, salpicado de algunas manchas blancas en forma de cortijos reconvertidos, de alquerías, de fincas. Nos paramos, apoyamos los brazos sobre el muro y contemplamos el paisaje con deleite.

El caserío de Almogía desciende hasta el fondo del valle a la derecha, las trochas y pistas recorren el lomo de las montañas próximas, las más lejanas se pierden en la calina.

Nos mantenemos ahí un rato, con la figura de la torre a punto de asomarse. Llegamos a la calle Oveja y seguimos por nuestra izquierda, así, llegamos hasta la Torre de la Vela.

Sólo es un resto, pero aún imponente, y nos ayuda a imaginar cómo hubo de ser aquella fortaleza que participó en las revueltas de Omar Ben Hafsún contra la cúpula de la Córdoba de los Omeyas.

Un caballo ramonea en el promontorio y eso permite agudizar aún más la imaginación. Sólo falta un morisco cabalgándolo.

Desde la Torre de la Vela se obtiene una panorámica magnífica del entorno.

Hacia la vitualla y las carreteras secundarias

Desde aquí descendemos por la calle Alta hasta llegar de nuevo a la calle San Sebastián. Ascendemos y nuestra subida va a tener recompensa, Paramos en el bar Chiquetete, un local junto a la carretera que nos llevará a Málaga. Pedimos, entre la sucinta carta que incluye fritura de pescaíto, una brocheta de pollo y un solomillo de cerdo.

Para beber, un refresco de cola y una botella de agua de litro y medio.

Desde la terraza comprobamos el trajín, el ir y venir de los coches y de las gentes.

Degustamos los platos, que vienen acompañados de patatas fritas y alioli, con deleite. El total de la cuenta asciende a 22 euros. Antes de marchar preguntamos al camarero por el mejor camino para llegar a Málaga. –

Siguen por aquí delante y a unos dos kilómetros la carretera se bifurca, a la izquierda se va por la carretera vieja que está asfaltada y en buen estado pero con muchas curvas, y a la derecha comienza una cuesta enorme.

La carretera no está asfaltada, pero tiene un camino de hormigón, es más corto, tiene menos curvas y llega hasta Campanillas-, nos explica. – Y usted, ¿cuál escogería?-, preguntamos. – Sin duda la de la cuesta-, nos responde.

Despedida

Y eso hacemos. Paramos, antes de iniciar nuestro regreso, en un mirador que nos ofrece una extensa panorámica de Almogía sobre la montaña.

El mirador, decorado con pequeños azulejos ofrece todos los escudos de los municipios de la provincia malagueña. Buscamos los 16 que nos faltan por visitar en esta andadura que es El Color Azul del Cielo.

Tiramos un par de fotos al caserío blanco e imaginamos el trajín que tuvieron que tener estas carreteras, antes trochas, pistas y calzadas en la antigüedad.

Los romanos, los árabes y mozárabes, los moriscos, las tropas cristianas, la burguesía madrileña y malagueña en un ir y venir continuo.

Málaga esconde muchos secretos y Almogía es uno de ellos.

Enlaces de interés e información turística

Día de la almendra: En este evento, a través de una serie de stands, más de cincuenta artesanos de la comarca exhiben a vecinos y visitantes sus productos autóctonos como carnes, quesos, embutidos y, por supuesto, todos los derivados imaginables de la almendra. La jornada pretende además, mostrar al público los modos del cultivo y recogida tradicional de este fruto, centro durante años de la economía morisca.

El Día de la Almendra reúne en Almogía a miles de personas que degustan chanfaina, porra blanca, ajoblanco, vino dulce, quesadas de almendra, etc… El evento está acompañado en todo momento de música tradicional donde no faltan los verdiales y se completa con talleres de animación y la representación de oficios tradicionales como talabartería, trabajos de pleita y el descapotado, partido y repelado de la almendra.

Los verdiales: Fiesta de Verdiales de las Tres Cruces, declarada Fiesta de Singularidad Turística Provincial en 2009, y que tiene lugar el primer domingo de mayo.

La celebración se desarrolla en los alrededores de la ermita de las Tres Cruces, situada en los límites de los términos municipales de Almogía, Pizarra, Cártama y Álora.

Pandas de verdiales de estos cuatro pueblos realizan el singular ‘choque’ entre pandas, que no es sino una demostración del buen hacer folclórico de cada una de estas agrupaciones.

Pero la devoción por los verdiales del municipio de Almogía no queda sólo aquí, ya que en el mes de agosto se celebra el Concurso Cuna de Verdiales.

Un festival que en 2010 cumple su vigesimoquinto aniversario y que rinde culto a este estilo de música tan malagueño.

Durante la celebración se entrega el premio al Fiestero de Honor, galardón que recae sobre una persona que se haya distinguido en la práctica, estudio o rescate de los verdiales”, tal y como apunta la información extraída de la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol. (Fotografía extraída de la página web del ayuntamiento de Almogía)

Enlaces de interés: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web municipal de Almogía.

Asimismo hemos visitado la página personal Almogía.net y la completísima web oficial de la Hermandad del Santo Cristo de la Vera Cruz, Santo Entierro, Nuestra Señora de los Dolores y María Santísima de Concepción y Lágrimas.

Este blog queda abierto a los comentarios, anotaciones, opiniones que los navegantes deseen realizar.

Nos vemos en El Color Azul del Cielo.

Publicado por Israel Olivera

Etiquetas: Almogía, chanfaina, Cuna de Verdiales, día de la almendra, Montes de Málaga, Málaga, Omar Ben Hafsun, Verdiales


Fuente: Fuente: visitacostadelsol.com
Fecha: 28/11/2010
   
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